Cuando Roberto Filias pronuncia la palabra serendipia, lo hace sin darle demasiada importancia. La utiliza como quien recurre a un viejo término aprendido hace muchos años para explicar algo que, sencillamente, ocurrió. Sin embargo, basta escucharle unos minutos para comprender que probablemente no exista una palabra mejor para resumir su relación con Morgan. Porque Roberto nunca soñó con tener uno.
“No era el coche de mis sueños”, reconoce con absoluta naturalidad. “La gente me pregunta si he cumplido un sueño… pues no. Simplemente apareció.” Y apareció cuando menos lo esperaba.
A sus 84 años, después de toda una vida dedicada al mundo de la empresa, con una trayectoria profesional que comenzó en Francia y terminó llevándole a dirigir en España la filial de una compañía del sector de la defensa, Roberto pensaba más en disfrutar del tiempo que en incorporar un nuevo automóvil a su garaje. Vive en Madrid desde hace más de tres décadas, aunque nació en España y conserva también la nacionalidad francesa gracias a su padre. Sin embargo, cuando habla de los países importantes de su vida siempre añade un tercero.
Entre los trece y los dieciocho años vivió en Londres, estudió en el Liceo Francés y allí transcurrió una etapa decisiva de su adolescencia. Aquellas carreteras, aquellos paisajes y muchas de las ciudades que recorrería décadas después en Morgan ya formaban parte de su memoria mucho antes de que el coche apareciera en escena. En realidad, no era la primera vez que un Morgan se cruzaba en su camino. Hacía casi sesenta años, mientras realizaba el servicio militar en Francia, un amigo le propuso recorrer Las Landas en un Morgan que su padre le había prestado. Viajaron como se hacía entonces: él, su amigo y una amiga compartiendo el estrecho habitáculo de un coche que hoy sería una pieza de colección.
“Lo pasamos genial, aunque en aquella época no me interesaba el Morgan y mucho menos me interesaban los coches antiguos.” El viaje terminó y la vida siguió su curso. Durante décadas no volvió a pensar en la marca. Hasta que, muchos años después, otro amigo – esta vez desde la isla de Ré – le enseñó el Roadster que acababa de comprar. Aquella segunda casualidad ya no pasó desapercibida. Roberto viajó para verlo con la curiosidad de quien quiere descubrir un coche distinto, pero sin ninguna intención de comprar uno. Fue entonces cuando Monique, su mujer, lanzó una de esas frases que terminan cambiando muchas cosas.
“¿Y por qué no haces tú lo mismo?”
La idea empezó a dar vueltas durante el verano. Primero buscó unidades de segunda mano. Después apareció la posibilidad de adquirir un Plus Four prácticamente nuevo que ya estaba encargado en el concesionario. Apenas añadió un par de detalles a la configuración original —el portaequipajes y los asientos calefactados, una condición innegociable de Monique— y, pocos meses después, recogía su Morgan. Un coche que, por cierto, venía acompañado de otra condición igualmente importante, la dirección asistida – “Mi mujer tenía que poder conducirlo” – nos confiesa. Y vaya si lo condujo.
Veintisiete noches para volver a Inglaterra
Hay viajes que empiezan cuando uno arranca el motor. Este había comenzado muchos años antes. Roberto llevaba tiempo queriendo regresar a Inglaterra con calma. No como turista, sino como alguien que vuelve a recorrer lugares que formaron parte de su vida. El Morgan terminó convirtiéndose en la excusa perfecta. La planificación, sin embargo, fue mucho menos rígida de lo que cabría esperar en un recorrido de casi un mes.
Reservaron únicamente el ferry de ida desde Santander hasta Plymouth. Nada más. “No teníamos fecha para volver. Reservamos el ferry de regreso una semana antes, cuando pensamos que ya era hora de volver a casa.” Hay algo profundamente Morgan en esa manera de entender un viaje.
Durante veintisiete noches, Roberto y Monique recorrieron cerca de 4.500 kilómetros por carretera atravesando Inglaterra y Gales. Desde los páramos abiertos de Dartmoor, pasando por los pueblos de piedra color miel de los Cotswolds, las suaves colinas del Peak District, los lagos y montañas del Lake District, el espectacular Parque Nacional de Snowdonia, la abrupta costa de Pembrokeshire, los acantilados y pueblos marineros de Cornualles, el legendario Tintagel, cuna de la tradición del rey Arturo, o Land’s End, el punto donde la tierra parece asomarse definitivamente al Atlántico. Todo el recorrido respondía a una filosofía muy sencilla: permanecer dos noches en cada destino para descubrirlo con calma antes de continuar el viaje.
Entre los recuerdos que Roberto conserva con más cariño figura una noche en un singular bed & breakfast de aire palaciego en la costa galesa, uno de esos alojamientos con personalidad que acaban formando parte del propio viaje tanto como las carreteras recorridas. También hubo tiempo para regalarse un paréntesis muy especial. Coincidiendo con el cumpleaños de Monique, ambos embarcaron rumbo a las Islas Sorlingas, un pequeño archipiélago situado frente a la costa de Cornualles. Allí disfrutaron de una jornada diferente, paseando por uno de los jardines botánicos más sorprendentes del Reino Unido, favorecido por un microclima que permite convivir a especies procedentes de lugares tan lejanos como Sudáfrica, Chile o Australia.
No perseguían hacer kilómetros. Querían paladear cada instante.
Una visita obligada a Malvern
Había, sin embargo, una parada marcada desde el principio. Malvern. No solo porque allí nacen los Morgan desde hace más de un siglo, sino porque Roberto quería aprovechar el viaje para resolver un pequeño problema que arrastraba desde la entrega del coche. La capota no cerraba correctamente y dejaba pasar una incómoda corriente de aire que ningún ajuste realizado hasta entonces había conseguido eliminar. La fábrica no solo solucionó el problema en unas pocas horas. También les abrió sus puertas para una visita privada y les recibió con esa cercanía que Roberto recuerda con especial agradecimiento – “fueron encantadores.” Mientras el coche pasaba por el taller, ellos recorrieron las instalaciones, conversaron con el personal y aprovecharon para disfrutar de una fábrica que cualquier aficionado a Morgan debería visitar alguna vez. El Plus Four salió de Malvern exactamente como debía haber salido desde el primer día. Y el viaje pudo continuar.
El placer de conducir despacio
Resulta curioso escuchar a Roberto describir las carreteras inglesas. No habla de grandes autopistas ni de velocidades. Habla de pequeños caminos donde dos coches apenas pueden cruzarse, de apartaderos improvisados entre setos, de conductores que se saludan con un destello de luces para ceder el paso y de una cortesía al volante que le sigue sorprendiendo. El Morgan parecía sentirse en casa y también llamaba la atención. Más de una persona se acercó para preguntar cuántos años tenía aquel coche que acababa de salir de fábrica apenas unos meses antes. “‘¿Cómo es posible que todavía fabriquen estos coches?’, me preguntaban.” Y la conversación terminaba casi siempre igual, con nuevos amigos, con tarjetas de visita intercambiadas y alguna fotografía. Y con la sorpresa de descubrir que aquel Morgan había llegado conduciendo desde España.
El Club como punto de partida
Aunque Roberto es uno de los socios más recientes del Club Morgan España, apenas tardó en implicarse en la vida de la asociación. Antes incluso de participar en una gran salida ya había organizado varios encuentros de un día para los socios de la zona centro, convencido de que cualquier excusa es buena cuando se trata de compartir una carretera o una comida entre amigos. También descubrió enseguida otra de las virtudes del Club. La ayuda desinteresada. Cuando un pequeño roce dañó una de las aletas del coche durante una salida en Bilbao, fueron otros socios quienes le orientaron para encontrar el taller adecuado y devolver el Morgan a su estado original. Una historia más que confirma que, muchas veces, pertenecer al Club significa mucho más que compartir una misma afición.
La mejor definición
Al terminar la conversación volvemos a preguntarle si, después de un viaje así, siente que por fin ha cumplido un sueño. Roberto sonríe. “No. Lo que ha ocurrido es otra cosa.” Y vuelve a pronunciar aquella palabra.
Serendipia. “Encontrar algo que no estabas buscando”.
Quizá esa sea, después de todo, una magnífica definición de un Morgan. Porque algunos coches se compran.
Otros, sencillamente, aparecen en el momento adecuado para llevarte exactamente al lugar donde siempre habías querido volver.




