A Jesús ya lo conocemos en el Club Morgan España. Hace algún tiempo nos contó cómo había pasado tres años persiguiendo el Morgan que quería, una historia que mereció su propia entrevista y que nos permitió conocer a un apasionado del motor con una saludable dosis de perseverancia. Ahora volvemos a conversar con él por un motivo muy diferente: acaba de organizar, junto a Cristina, su mujer, su primera salida para el Club y, a juzgar por las impresiones de quienes participaron, Granada ha dejado un recuerdo magnífico.
La idea surgió de ellos mismos, después de haber disfrutado de varias salidas organizadas por otros socios. Les apetecía enseñar su tierra, compartir algunos de sus rincones favoritos y demostrar que Granada tiene mucho que ofrecer más allá de los monumentos que la han hecho universalmente conocida. El planteamiento resultaba especialmente atractivo para quienes disfrutamos de las carreteras secundarias: recorrer las Alpujarras, descubrir el poniente granadino y enlazar, en una misma jornada, los paisajes de montaña con una comida junto al Mediterráneo.
Jesús reconoce que la preparación le exigió bastante más trabajo del que había imaginado. La ruta por las Alpujarras llegaron a recorrerla cuatro veces, descartando algunos tramos por el estado del asfalto y buscando alternativas que permitieran conservar el atractivo del itinerario. Cristina le acompañó en aquellas jornadas de reconocimiento, participando en la elección de los lugares donde detenerse, estudiando los encuadres para las fotografías y calculando incluso cuánto tardarían los Morgan en pasar uno a uno por determinados puntos del recorrido.
Pero la mayor sorpresa de la organización estaba todavía por llegar. En lugar de preparar el habitual rutómetro, Jesús decidió elaborar un libro conmemorativo que acompañara a los participantes durante el viaje y les permitiera conocer mejor la historia de los lugares que iban a visitar. El resultado fue una publicación que recogía episodios de la historia de las Alpujarras, las rebeliones que marcaron aquella tierra y el protagonismo de Santa Fe en los acontecimientos de 1492.
El trabajo de documentación, redacción y maquetación les ocupó más de dos meses, con la inteligencia artificial incorporada al proceso y, según cuenta Jesús con humor, alguna que otra discusión doméstica por el camino.
Entre los dos terminaron preparando una salida que tenía bastante de recorrido turístico, mucho de pasión por la conducción y una considerable voluntad de compartir con los amigos del Club aquello que hace especial a Granada.
Si quieres tener el libro en digital, haz clic AQUÍ
Once Morgan, cuatro Harley y un alcalde con mucha paciencia
Finalmente fueron once Morgan y veintidós participantes los que acudieron a Granada. Jesús esperaba alcanzar los quince coches, pero algunas bajas de última hora, motivadas por pequeños accidentes, redujeron el grupo. La cifra quedó algo por debajo de sus expectativas, aunque permitió disfrutar de una salida con un ambiente cercano y una organización que había previsto hasta los detalles más pequeños.
La primera jornada ya ofreció una buena muestra de la intensidad del programa. Por la noche, dos microbuses trasladaron al grupo hasta el Albaicín y el Sacromonte para disfrutar de un espectáculo flamenco en una de sus tradicionales cuevas. Todo estaba calculado para llegar a tiempo, aunque a Jesús, pendiente de que los vehículos salieran puntualmente, se le escapó un detalle: Óscar y Angie todavía no habían subido.
«Me dijeron que ya estábamos todos y dije: venga, nos vamos. Pero Óscar y Angie se habían quedado en el hotel», recuerda divertido. Hubo que detener uno de los microbuses y recoger a los rezagados antes de continuar hacia el espectáculo. Una pequeña anécdota que sirve para comprender la tensión que acompaña al organizador durante esos días, cuando uno está tan pendiente de los horarios y de que todo salga bien que acaba dando por hecho que sus amigos ya están sentados en el autobús.
Para facilitar los desplazamientos por carretera, Jesús contó además con cuatro amigos moteros que acompañaron al grupo con sus Harley-Davidson. Su presencia añadió una estampa especialmente atractiva a la caravana, pero también resultó muy útil durante los recorridos. Los motoristas ayudaron a guiar al convoy y a coordinar el paso por rotondas y cruces, evitando que los coches se dispersaran.
«Fueron auténticos profesionales. Nos abrieron camino y no se perdió ninguno», reconoce Jesús, especialmente agradecido porque sus amigos prestaron toda esa ayuda de manera desinteresada.
La convivencia entre Harley y Morgan resultó tan natural como cabía esperar de dos marcas que, cada una a su manera, llevan décadas defendiendo una forma muy particular de disfrutar del motor. Y seguramente más de un participante habrá regresado a casa con alguna fotografía en la que el cromado de una Harley comparte protagonismo con la inconfundible silueta de un Morgan.
Santa Fe, una recepción de altura y un pequeño problema de puntualidad
Uno de los momentos más recordados de la salida tuvo lugar en Santa Fe, una localidad estrechamente vinculada a la historia de Granada y a los acontecimientos de 1492. Jesús había concertado con el Ayuntamiento una recepción para el grupo, inicialmente prevista a la una de la tarde. Sin embargo, durante las revisiones del itinerario decidió modificar parte del recorrido para evitar una carretera en mal estado y aprovechar una visita que inicialmente parecía imposible.
El cambio tuvo una consecuencia inesperada: la caravana llegaría aproximadamente una hora más tarde de lo acordado. Y Jesús, entre tantos preparativos, olvidó comunicarlo.
El alcalde de Santa Fe aguardó pacientemente la llegada de los Morgan con una recepción preparada para la ocasión. Cuando finalmente aparecieron los coches, el recibimiento tuvo también su pequeña dosis de reproche por el retraso.
Jesús lo cuenta ahora con una sonrisa. «Estuvo esperando una hora. Cuando llegamos, nos dijo de todo».
Afortunadamente, las relaciones diplomáticas quedaron restablecidas con rapidez. El grupo entregó al alcalde una placa conmemorativa, compartió unas tapas y disfrutó de una bienvenida que terminó convirtiéndose en uno de los episodios más simpáticos de la salida.
La anécdota tiene su gracia, especialmente porque resume una de las dificultades que Jesús había descubierto durante la preparación: cualquier modificación de una carretera puede alterar una cadena de horarios, visitas y compromisos cuidadosamente organizados.
En Granada, la malafollá se embotella
El recorrido también permitió descubrir algunos de los sabores y peculiaridades de la provincia. Entre las visitas figuraba una bodega de las Alpujarras que despertó especial simpatía entre los participantes, tanto por sus vinos como por el sentido del humor de sus responsables.
Uno de sus productos lleva un nombre que cualquier granadino reconoce inmediatamente: Malafollá.
Para quienes desconozcan la expresión, la malafollá granaína es esa peculiar fama de carácter seco, respuestas cortantes y humor algo áspero que tradicionalmente se atribuye a los habitantes de Granada. Una reputación que los propios granadinos han aprendido a llevar con bastante ironía.
Jesús quiso aprovecharla para despedirse de los participantes con una frase incluida en el libro conmemorativo de la salida:
«Espero que hayáis disfrutado la salida y que la malafollá granaína que nos atribuyen hayáis visto que aquí, en Granada, la embotellamos y nos la bebemos».
La bodega, por cierto, también comercializa un espumoso cuyo nombre es todavía más irreverente. Dejaremos que quienes participaron en la visita se encarguen de explicarlo en la próxima sobremesa del Club.
Y es que, después de varios días recorriendo Granada, seguramente quedó bastante claro que detrás de esa supuesta sequedad de carácter se esconde una hospitalidad generosa, especialmente cuando los anfitriones tienen tantas ganas de enseñar su tierra.
El mejor recuerdo de una primera vez
Jesús y su mujer quisieron que los participantes conservaran algo más que fotografías. Prepararon distintos obsequios, entre ellos miel de las Alpujarras, una taza, una gorra, una botella de vino y el libro conmemorativo de la salida. Una colección de recuerdos que exigió coordinar proveedores, imprentas, diseños y entregas, sumando unas cuantas horas más a una organización que ya había resultado bastante intensa.
Pero quizá el recuerdo más emocionante para Jesús llegó durante la cena de despedida, cuando los participantes le sorprendieron con una maqueta de su Morgan.
Era un regalo que había visto entregar anteriormente a otros organizadores y que le había hecho especial ilusión. Esta vez le tocaba recibirlo a él, después de meses de preparación y de varios días pendientes de que todo funcionara como estaba previsto.
Reconoce que la experiencia ha fortalecido todavía más los vínculos con los socios. La satisfacción de ver disfrutar a los amigos compensa muchas horas de trabajo, aunque también confiesa que necesitará dejar pasar algún tiempo antes de plantearse una nueva aventura de semejante envergadura.
Eso sí, parece que las ganas de organizar cosas siguen intactas. Jesús está interesado en localizar a otros propietarios de Morgan en Andalucía y promover pequeños encuentros por la zona, siguiendo el ejemplo de las actividades que los socios organizan habitualmente en Cataluña, Levante o la Zona Centro. Incluso menciona Antequera como posible escenario para una futura reunión.
De momento, Granada ya tiene su lugar en el calendario de recuerdos del Club. Y Jesús puede estar satisfecho de haber compartido su tierra con los amigos, de haber superado los inevitables sobresaltos de una primera organización y de haber conseguido que once Morgan, cuatro Harley y veintidós viajeros regresaran a casa con una magnífica impresión.
Gracias, Jesús, y gracias también a Cristina por el cariño y el esfuerzo dedicados a esta salida. Nos habéis enseñado una Granada que merece recorrerse con calma, disfrutar al volante y, naturalmente, acompañar con una buena copa de malafollá.




