Lucía, de tímida a embajadora del espíritu Morgan

Lucía, de tímida a embajadora del espíritu Morgan

Si le hubieran dicho a Lucía hace veinte años que terminaría recorriendo media Europa en un coche sin aire acondicionado, incómodo, casi sentada a ras de suelo y saludando con la mano al resto de socios desde su Morgan, Lucía se habría reído. O directamente habría dicho que no. Porque Lucía, madrileña de nacimiento y corazón, se define como una persona tímida, muy tímida. De esas que tardan en soltarse, pero que cuando lo hacen, te regalan carcajadas, anécdotas y una cercanía que conquista.

“Con los años me he espabilado”, confiesa. “Ya tocaba”. Criada junto a su madre tras la temprana pérdida de su padre, Lucía ha sido siempre una mujer echada para adelante, aunque le cueste reconocerlo. Empezó a trabajar joven, buscando independencia, fue entonces cuando apareció Julián, ese chico que al principio… bueno, no le cayó especialmente bien.

Julián y el arte de conquistar a la chica que no te soporta

“¡Me caía fatal!”, cuenta entre risas al recordar cómo conoció a Julián. “Ni era mi tipo ni nada. Yo esperaba un príncipe azul…ay ¡pero si tenía catorce años!” Pero el destino —y un centro de estudios compartido— hicieron lo suyo. Se veían en un local de amigos comunes y poco a poco, y sin que ella se diera mucha cuenta, Julián se fue ganando su sitio.

Con 15 años empezaron a salir y con 22 ya estaban casados. Juntos montaron una familia y emprendieron una vida laboral intensa, con Julián tomando el relevo de la empresa familiar desde bien joven. “Yo le acompañaba a comprar material en el Simca 1.000 de su padre. Íbamos con todo encima del coche, como quien lleva un mercadillo ambulante”, recuerda. Fueron años de duro trabajo y Julián consiguió hacer crecer la empresa familiar. En cuanto a vehículos pasaron del SIMCA 1.000 a un Renault 18 – cochazo de la época – más adelante tuvieron un Audi y un señor Mercedes. El Morgan estaba en ciernes…

Un Morgan en el horizonte (y un club que daba miedo)

Julián, como buen amante del motor, llevaba años soñando con un Morgan. Un día, sin más, lo vio claro: “Pues cómpratelo”, le dijo Lucía. Y así fue. Lo compraron en el concesionario Morgan en Madrid y, al poco, Julián ya se había apuntado al Club Morgan España. “Cuando me lo dijo pensé: ¡Ay madre, ya estamos! pensé, ¿qué clase de gente habrá ahí? ¿Gente estirada? ¿Muy finos? ¿Y si no encajamos?”. Y salió la Lucía tímida.

Pero Julián la convenció con un sencillo: “Vamos a una salida. Vemos el ambiente y si no te gusta, no volvemos”. Y la prueba fue un éxito.

La primera ruta a la que se apuntaron fue en Alicante, y nada más llegar, alguien les hizo hueco en la mesa del almuerzo como si fueran amigos de toda la vida. “Nos sentaron con ellos, nos acogieron con cariño, con cercanía… y me dije: oye, pues esto no está nada mal”. Desde entonces, no ha habido marcha atrás.

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La familia que se elige y las ganas de volver a verse

Con el tiempo, Lucía ha pasado de la timidez al entusiasmo. Ha participado en muchísimas salidas —algunas incluso antes de que empiece la concentración oficial— y tiene un grupo de amigos que considera su segunda familia. “Nos vemos en la asamblea, vamos al teatro, cenamos… y cuando arranca la temporada, ya tenemos ganas de volver a encontrarnos todos”.

Con cada viaje, los lazos se hacen más fuertes, y las anécdotas no dejan de acumularse: como aquella vez en Castellón, cuando el Morgan de tres ruedas de Willy acabó con toda la documentación flotando dentro del coche tras cruzar un badén inundado. “Se le llenó de agua por debajo porque no tenía puertas. ¡Nos llamó de todo! Gritaba, ¡malditos, que el coche está lleno de agua!”, recuerda entre risas.

O aquella boda en la que prestaron su Morgan a los novios y que entre corsés ajustados y puertas minúsculas, costó meter a la novia, pero sacarla del coche fue una operación de ingeniería. “Entre Julián tirando del asiento y el padre empujando por detrás… vamos, que casi se queda a vivir dentro del coche”.

La Toscana, Suiza y el sonido del motor como banda sonora

Lucía y Julián han recorrido medio continente con el Morgan. “Hemos estado en la Toscana, la Selva Negra, Suiza… y siempre alargamos el viaje unos días más. Es una forma preciosa de ver el mundo”.

Eso sí, cómodo, lo que se dice cómodo… no es. “¡Cuando llueve tengo que ir con la gamuza secando las ventanillas!”, se queja. “He visto coches del club que les entra el agua por los pies. El mío no es el peor, pero vamos…”. Aun así, le compensa.

“No es por el coche. Es por lo que provoca. Ver a Julián desconectar del trabajo, ver cómo todos limpian sus coches como si fueran joyas, ver a los hombres hablando de tapizados y faros con los ojos brillando… y verles disfrutar como niños, eso es lo que me gusta”.

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Un legado que continúa (aunque sea con cojín lumbar)

Lucía reconoce que a veces termina los viajes “de riñones”, pero que lo compensa todo ver a su marido feliz. Además, su hijo ya ha heredado la afición. “Le encanta el coche. A veces se lo lleva en verano, y estamos super ilusionados porque va a venir con su novia a la próxima salida por Galicia”.

Así, lo que empezó con un “yo no sé si me va a gustar esto” se ha convertido en una historia de amistad, motor, paisajes y mucha complicidad.

“El Club es una pasada. Al principio era recelosa, pero hoy tengo claro que el Club Morgan no es solo un club, es una familia. Lo que se crea entre los socios es muy especial. Te alegras de verlos, compartes, disfrutas… y eso es un regalo”.

Y ese regalo, Lucía, eres tú. En cada viaje, en cada ruta, nos contagias tu alegría, tu forma de disfrutar de las cosas sencillas y tu manera de hacer sentir a los demás como en casa. Gracias por abrirnos tu historia con esa mezcla de humor, ternura y autenticidad que tanto nos gusta. Nos vemos pronto en la carretera… y que no falte la gamuza, por si llueve.