Hay personas que entienden la vida como una sucesión de retos, y otras que la viven como una colección de momentos intensos. Guillermo Arias, asturiano de 54 años, pertenece a ambos grupos. Aunque si le das a elegir, se define como un romántico. De los que buscan emoción en cada curva, en cada historia, en cada pequeño gran gesto.
Con una trayectoria profesional que lo ha llevado de Gijón a Estados Unidos, de Ámsterdam a Madrid, ha trabajado en multinacionales como Philips, American Express o Bank of America, ha montado su propia consultora y hoy lidera el área de inversión y M&A de la más importante agencia mudial centrada en el mundo de los videojuegos. Pero su refugio emocional no está en ningún despacho: está en su garaje, o más concretamente, donde antes había un gimnasio familiar. Allí duerme su Morgan Three Wheeler, el coche que, según él mismo confiesa, “te llega al alma”.
Un niño entre motores
Su relación con los motores comenzó de forma precoz. Con apenas tres años, ya volaba en avionetas de la mano de su padre. Y desde entonces, cualquier cosa con motor, ruedas o alas se convirtió en su brújula emocional. El virus Morgan le llegó por vía familiar: su hermano Alberto, unos años mayor, ya hablaba en los años 70 de aquellos coches ingleses hechos en parte de madera y con listas de espera interminables. La semilla estaba plantada.
Con el tiempo, Guillermo fue conociendo otros coches: más de 40 en total. Dos Minis clásicos, un Ford Bronco, dos Maseratis… coches con carácter, pero también con fecha de salida. Hasta que llegó el coche que no piensa vender jamás.
Malvern, abril de 2008: flechazo con la marca
El 18 de abril de 2008, durante un viaje de trabajo a Inglaterra, Guillermo convenció a su mujer, Ana, para acercarse a Malvern. Visitaron la fábrica de Morgan, conocieron al presidente y alquilaron un Morgan para pasar el fin de semana recorriendo Gales y los Cotswolds. “Estuve 24 horas metido en el coche”, recuerda. El flechazo fue inmediato, y a punto estuvieron de encargar un Plus 4 a medida. Pero al final el encargo no cuajó y ese Morgan no llegó nunca.
El renacer del Three Wheeler
Años después, al enterarse de que Morgan iba a lanzar un nuevo Three Wheeler, Guillermo no se lo pensó dos veces. “Dije: yo tengo que tener ese coche”. Pero la nueva versión le parecía un capricho excesivo, con lo que se puso a buscar un tres ruedas clásico, pero en buen estado. Lo encontró gracias a Javier Margot en Montignac de Lauzum, en la región francesa de Lot y Garona. Y como no podía ser de otra manera, no organizó una entrega estándar: se llevó a dos amigos moteros y se lanzó con ellos y con su nuevo coche a cruzar los Pirineos.
Una ruta inolvidable
Durante cuatro días, cruzaron doce puertos de montaña, doce. Tourmalet incluido. Sin techo, sin puertas y con un casco puesto, Guillermo se fundió con su tres ruedas. “Los puertos de montaña que me hice en Francia me los llevo conmigo al cementerio”, dice. No lo dice por decir: para él, ese viaje marcó un antes y un después.
En el pueblo de Foix, el coche llamó la atención de una familia francesa. Se acercaron, charlaron… y aquella conversación terminó en una amistad que todavía se mantiene. El tío de la mujer, un médico jubilado y escritor, acabó incluyendo a Guillermo en su última novela, con una frase que lo emociona cada vez que la recuerda: “Me desperté con el sonido del Morgan de Guillermo”.
El club: complicidad y campechanía
Guillermo llegó al Club Morgan España gracias a Javier Margot y Javier Gómez Barrero. Su puesta de largo en el Club fue hace un par de Asambleas Anuales, todavía no ha podido participar en las salidas oficiales – “y no es por falta de ganas” – confiesa, si no por cuestiones de agenda. Guillermo forma parte de un grupo de WhatsApp muy activo que define como “mi pequeño submundo Morgan”, en él están los felices propietarios de Three Wheeler del Club y hace pocas semanas protagonizaron un recorrido urbano por el centro de Madrid del que todavía se está hablando.
Lo que más valora del Club es la naturalidad de los socios y acompañantes, la ausencia de postureo y la calidad humana. “Es gente muy campechana, amable, que busca disfrutar sin demostrar nada. No están aquí para presumir de coche, sino para compartir experiencias y momentos que suman.”
El gimnasio que se convirtió en santuario
Cuando compró el coche, su mujer fue clara: no entraba otro coche más si no hacía sitio. Y él lo tuvo igual de claro: desmontó el gimnasio de casa y lo convirtió en el “armario del Morgan” – así lo llama él – y no es una forma de hablar: allí vive el coche, cuidado, admirado y siempre listo para salir a respirar curvas.
Para Guillermo, el Three Wheeler no se compra por su velocidad ni por su confort, sino por algo mucho más importante: tiene alma. Exige atención, transmite emoción, no perdona despistes, pero a cambio te conecta con la carretera, contigo mismo y con el placer puro de conducir.
“Un coche con alma no se vende. Se vive. Y este Morgan se queda conmigo”.
Gracias Guillermo por dejarnos conocer tu lado romántico un poco más.


