Si algo tiene Jesús, además de un buen gusto por los coches, es paciencia. Y es que su historia con el Morgan no empezó con un simple arrebato de pasión, sino con una larga y estratégica espera. Tres años, nada menos, dedicados a negociar, insistir y esperar el momento adecuado para hacerse con su actual joya sobre ruedas.
“La primera vez que supe que un compañero, y amigo, tenía un Morgan, ya me picó el gusanillo. Era un coche especial, diferente, con ese aire clásico que te transporta a otra época”, recuerda Jesús. Pero claro, una cosa es quererlo y otra que te lo vendan. “Él no quería que su coche acabara en manos de cualquiera, decía que tenía que encontrar a alguien que lo apreciara. Y yo pensé: ‘Bueno, pues aquí estoy yo’”.
El problema es que cada año que pasaba, en lugar de acercarse la venta, el precio subía. “Era un tira y afloja. Yo le insistía, él se hacía el duro. Pero yo no me rendí”. Finalmente, el destino quiso intervenir, y cuando el dueño del Morgan sufrió un problema de salud, Jesús vio que el momento había llegado. Se cerró el trato y, por fin, el coche era suyo.
O al menos, eso creía él. Porque todavía quedaba la prueba definitiva: aprender a meterse en un Morgan.
Examen sorpresa: cómo entrar en un Morgan sin perder la dignidad
Jesús estaba listo para llevarse su nueva adquisición, pero el antiguo propietario, con sus más de ochenta años, aún tenía algo que enseñarle. “Intenté meterme en el coche con lo corpulento que soy y… no entraba. Ni de broma. Me quedé atascado como un novato”. El vendedor lo miró con una ceja levantada y, sin titubear, le espetó: “Sálgase usted. No tiene ni idea de montarse en un Morgan. Me he equivocado, no se lo voy a vender”.
Jesús, aún en posición incómoda, sintió que el coche se le escapaba de las manos. Pero entonces, ocurrió algo increíble. El hombre, con ochenta y tantos años, se metió en el coche con una agilidad pasmosa, como si fuera un truco de magia. “Yo me quedé con la boca abierta. Y entonces entendí: en un Morgan no te subes, te deslizas, te acomodas con elegancia”. Tras varias repeticiones, Jesús aprobó el examen y el coche pasó oficialmente a sus manos. “Al final fue como un ritual de iniciación. Hasta que no aprendí a montarme bien, no me lo dejó llevar”.
Un Morgan con historia… y con ganas de seguir sumando kilómetros
El Morgan 4/4 de 1978 que hoy conduce Jesús no es un coche cualquiera, es un coche con solera, con un pasado bien cuidado y que sigue rodando con la misma pasión con la que salió de fábrica. “Cuando lo llevé al taller de un amigo, lo revisaron de arriba abajo y estaba impecable. Lo han tratado con cariño y se nota”. Eso sí, reconoce que tiene sus pequeñas tentaciones mecánicas. “Le falta un poco de motor, eso es verdad. No sé si en algún momento me animaré a cambiarlo. Hay opciones para meterle un motor un poco más potente… pero de momento lo disfruto tal cual está”.
Y es que lo importante no es la velocidad, sino la sensación de estar conduciendo algo único. “Con un Morgan, cada kilómetro cuenta. No es un coche para ir con prisas, es para disfrutar del camino, del sonido del motor, del viento en la cara. Te obliga a conectar con la carretera de otra manera”.
De ruta sí, pero con truco: la gran idea del remolque
Jesús lo tiene claro: su Morgan está hecho para disfrutar. Pero claro, una cosa es una escapada a la costa de Granada y otra muy distinta hacer un trayecto de más de seis horas a pleno sol en un coche de más de 40 años. “La primera vez que fui a Sevilla con el coche, vi a un compañero que había venido desde Barcelona… con su Morgan en un remolque. Me acerqué y le dije: ‘Oye, tú eres muy listo’. Y cuando volví a Granada, fui directo a comprarme uno”.
Desde entonces, para viajes largos y salidas lejanas, Jesús tiene su sistema infalible: carga el Morgan en el remolque, lo lleva hasta el punto de inicio, lo descarga y disfruta la ruta sin agotarse en la autovía. “En autopista, a 120 km/h en el Morgan, parece que vas a 200. Esto me permite disfrutar mucho más, sin llegar destrozado al destino”.
El Club Morgan: un recibimiento de primera
Cuando Jesús se unió al Club Morgan España, no sabía muy bien qué esperar. “En estos clubes de coches clásicos nunca sabes qué te vas a encontrar. Hay grupos en los que todo gira en torno a estatus, marcas y postureo… y yo no quería eso”.
Afortunadamente, desde el primer momento se sintió como en casa. “Mandé un correo y Eduardo me respondió enseguida. Me trató de maravilla. Y cuando fui a mi primera salida, me sorprendió lo cercano que era todo el mundo. Nada de elitismos, nada de pretensiones. Solo gente disfrutando de sus coches y de la buena sintonía”. Desde entonces, se ha enganchado a las rutas del Club. Y aunque una lesión en el hombro le impidió hacer el viaje a la fábrica Morgan con su coche, no se lo quiso perder. “Me fui en el Range Rover, pero estuve con todos los compañeros. Fue una pasada”.
Su mujer también ha probado el Morgan, aunque prefiere conducirlo en trayectos más relajados. “Cuando viajamos por la Costa del Sol sí lo lleva. Allí el ambiente es diferente, más tranquilo”.
¿El mejor Club de coches? Para Jesús, la respuesta es clara
Cuando le preguntamos si recomendaría el Club Morgan, Jesús no duda. “He estado en varios clubes, y este es el mejor, sin comparación. La organización es impecable, las rutas son espectaculares y, sobre todo, la gente es increíble. No es solo un club de coches, es una gran familia”.
Y lo mejor de todo es que cada ruta, cada viaje, sigue sumando historias y anécdotas. Desde aprender a montarse correctamente en el coche hasta idear su truco del remolque, Jesús ha demostrado que un Morgan no es solo un coche, es una forma de vida. Y ahí tiene a la siguiente generación, aficionándose a disfrutar del Morgan, aunque de momento sea para lucirlo en Instagram…
Así que, si alguna vez te cruzas con él en una ruta, ya sabes: salúdalo, pregúntale por su primer intento de subirse a un Morgan y prepárate para escuchar una historia digna de una película.
¡Nos vemos en la carretera, Jesús!


