Fernando Aydillo, a fondo

Fernando Aydillo, a fondo

Volvemos a conversar con Fernando Aydillo, uno de los socios más veteranos y respetados del Club Morgan España, que ya nos contó parte de su historia en una entrevista que puedes leer aquí.

En esta nueva entrega, con calma y con muchas anécdotas acumuladas, nos adentramos en su relación profunda con los Morgan: restauraciones imposibles, compras internacionales, aventuras mecánicas y su opinión sobre qué Morgan deberías tener si estás empezando en el apasionante mundo de los clásicos.

Cuando alguien en el Club comenta que Fernando Aydillo es la persona que más sabe de Morgan en Europa, él se ríe. “Eso es una maledicencia”, dice con sorna. Pero basta con escucharle hablar unos minutos para intuir que, si no lo es, está muy cerca.

Todo empezó en 1972, durante un verano en Londres mientras estudiaba Económicas y mejoraba su inglés. Trabajando como camarero en el comedor del personal de la estación de Euston, un cocinero gibraltareño le bajó al parking para enseñarle su nuevo coche: un flamante Morgan Plus 4. Fue amor a primera vista. “Me dio una vuelta y fue suficiente para enamorarme de aquella sensación. Me dije: algún día yo tendré uno de estos”.

25 años en cumplir su promesa

Familia, piso, carrera profesional… Había otras prioridades. Pero en 1997 llegó su primer Morgan, un 4/4 de 1970, bicolor, crema y marrón, de cuatro plazas. Aquel coche había pasado por varias manos, incluida la de un diplomático británico, y estaba francamente maltratado: madera dañada, pintura envejecida, problemas de compresión y sobrecalentamiento. “Me gustaba la idea de devolverlo a la vida”, confiesa.

Con ayuda de amigos mecánicos y un chapista de confianza, comenzó una restauración profunda que acabó llevándole a Inglaterra para cambiar el motor. Lo dejó en un taller a las ocho de la mañana y de forma muy profesional, a las cinco de la tarde ya estaba listo con un motor nuevo rectificado. Le hizo 2.000 km de rodaje por las islas antes de volver al taller para los reaprietes. “Ese motor sigue ahí, dando guerra”, dice con orgullo.

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Poco después llegó el segundo, un Plus 4 del 54 que había corrido en Inglaterra. No tenía su motor original, pero encontró uno más fiel a la época y lo rectificó. Este no necesitó desmontaje completo, solo pintura, ajustes, y mucho mimo. “Este ya era un coche con más nervio”, explica. Y fue también el principio de una afición por aceptar retos cada vez más complejos.

Como el Morgan que compró en Detroit por eBay, totalmente desmontado pero sorprendentemente completo. Si, has leído bien, por eBay, la plataforma de compraventa online. Aydillo, a la búsqueda de repuestos se encontró con un tipo que presumiblemente vendía un Morgan “a piezas”. “El coche había pasado por Canadá, luego por EE. UU., lo usaron sobre nieve, asfalto con sal, barro…de todo… la chapa era como papel de fumar”. Su equipo de confianza, que ya incluía a sus hijos, viajó hasta allí para comprobar que el coche existía de verdad. Y si, allí estaba, en Detroit, aquel Morgan despiezado, pero completo.

Lo empaquetaron en cajas de madera y lo mandaron por barco hasta Valencia. “Pensaba que me iba a llevar dos años, pero en seis meses estaba montado. Arrancó a la primera. Apenas le faltaban tornillos y juntas. Aquel proyecto fue un disfrute absoluto.”

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Uno de sus grandes tesoros es el Morgan carrozado en Barcelona por Pedro Serra en 1956. Un modelo único, artesanal, cerrado y asimétrico, hecho a martillazos – como se trabajaba el metal antaño – sobre un chasis incompleto que llegó a España sin carrocería. “Las puertas no miden lo mismo y los cristales traseros tienen medidas distintas… Era todo hecho a ojo y con talento de verdad”. Restaurarlo le llevó cinco años de trabajo, investigación y búsqueda de soluciones impensables, como encontrar un fabricante de vidrios curvos que normalmente trabajaba para frigoríficos industriales. “Hacerle los cristales fue una odisea, me pedían presupuestos imposibles hasta que encontré a alguien que se animó a intentarlo”.

Fernando atesora historias como la del Morgan que al levantar el capó lo descubrió con un motor de SEAT 1500, y además modificado en los 60 con soluciones ingeniosas: recortes en las aletas para refrigerar los frenos, chasis doblado tras un accidente que un taller equilibró doblando también el lado contrario. “Esa era la idiosincrasia de la época. Sin recambios, se hacía lo que se podía. Y muchas veces funcionaba”.

Fernando no se considera coleccionista. “Lo mío era desconectar del trabajo, no era tanto tener muchos coches como devolverles la vida”. Cada restauración ha sido una mezcla de reto personal y escape emocional. Dedicaba noches, madrugadas y fines de semana a buscar piezas, hablar con talleres, planear soluciones. “Cuando me despertaba a las 4 de la mañana, en vez de pensar en el trabajo, pensaba en la pieza que me faltaba. Y me volvía a dormir tranquilo.Casi “una terapia”.

Su pasión por el motor también también le llevó a la competición. Preparó dos Morgan para circuito y participó en eventos en en Circuito de Pau y en otros trazados. “Había corrido de joven, y esto era más un divertimento. Una forma distinta de vivir el coche.”

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Con Pedro Serra

Fernando también ocupó la presidencia del Club Morgan España durante cuatro años. Hoy mantiene una relación cercana con el Club: asiste a todas las concentraciones y salidas que puede. “Me encanta el ambiente, el Club funciona muy bien y sigo disfrutándolo como el primer día.”

Sus hijos han heredado la pasión. Aunque prefieren los rallies y los Volkswagen Polo preparados para aventuras como un Raid por Marruecos o travesías por Islandia, también utilizan los Morgan y participan en concentraciones. “Ellos tienen otra forma de vivirlo, pero comparten la esencia”.

Cuando le preguntamos qué Morgan recomendaría a quien empieza, no duda: “Depende de cuánto te quieras complicar la vida. Un clásico da muchas satisfacciones, aunque también requiere entrega. Pero la mayoría de problemas se arreglan con cinta aislante y un destornillador. Y eso también tiene su magia.”

Fernando Aydillo ha vivido, restaurado, conducido y sentido Morgan como pocos. Para él, cada coche es una historia, un regreso, una forma de conectar con lo esencial. Hoy, ya jubilado, sigue rodando con alguno de sus coches, quizás algo menos que antes pero con la misma ilusión. Y si le preguntas por qué lo hace, te responde con la naturalidad de quien lleva muchos años siendo feliz entre madera, acero y aceite:

“Porque devolver un Morgan a la vida es devolverte una parte a ti mismo. Y mientras eso siga siendo posible, seguiré buscando el siguiente.”

Gracias Fernando por compartir tu pasión por los Morgan.