Carmen Sevilla posando muy simpática en el Morgan de Carlos
Hay pasiones que no se explican con palabras, sino con una mirada encendida al volante o con la forma en que se palpa una carrocería. En el caso de Carlos Vozmediano, esa pasión viene de lejos, se ha cultivado entre motores, historias de superación y amistades que sobreviven al paso del tiempo. Su vida, marcada por el coraje de su padre y una colección de coches de lo más variada, encontró en el Morgan no solo una joya mecánica, sino un símbolo emocional.
Carlos nació en Rostov del Don, en la antigua Unión Soviética, y llegó a España a los 18 años. Su padre, piloto republicano, se exilió tras la Guerra Civil y combatió en la Segunda Guerra Mundial como parte del ejército rojo. Tras ser derribado en Stalingrado, perdió ambas piernas, pero jamás su espíritu. “El primer vehículo que tuvo aquí fue una moto. Y luego un 1500, y más tarde un Opel Admiral. Todo sin piernas. Y sin ayudas, sin adaptaciones. Lo conducía todo con ingenio y valor”. Carlos lo cuenta con la emoción de quien sabe que su historia personal empieza mucho antes de su propio nacimiento.
Llegar a España sin saber el idioma, sin red de apoyo, sin certezas, fue otro desafío que enfrentó con entereza. “Fue empezar desde cero. Pero las complicaciones están para superarlas. Y yo tenía claro que quería abrirme camino”.
De la aviación a los motores: una afición escrita en los genes
Para Carlos, la afición por los coches no es una simple colección. Es una forma de vida. Actualmente tiene siete vehículos, entre ellos tres clásicos: Mercedes, Porsche, un Lomax… y el Morgan, que es el que más le emociona. “Tuve también un Alpine Renault de fibra, que me robaron y nunca apareció. Fue un golpe, pero no me quitó las ganas”.
Su fascinación por lo mecánico viene de lejos, y sí, seguramente algo tuvo que ver crecer al lado de un héroe de guerra con manos de orfebre del motor. “Desde pequeño me atraían los diseños, los ruidos, la lógica interna de cada pieza… Todo me llamaba. Y con los años, fui reuniendo los coches que me decían algo, que tenían alma”.
Un reencuentro entre alas… y ruedas
La entrada de Carlos al mundo Morgan parece sacada de un guion cinematográfico. Conoció el modelo gracias a José Luis García García, un viejo amigo de juventud con quien perdió el contacto durante cuatro décadas. El destino, siempre oportuno, los reencontró en una exhibición aérea en Cuatro Vientos. Una conversación cruzada entre conocidos filipinos (su mujer es filipina) bastó para darse cuenta de que “ese Carlos ruso” del que hablaban… era él.
Y allí estaba también el Morgan de José Luis, un coche único: expuesto originalmente en la Exposición Universal de Barcelona de 1975, girando en una plataforma como una joya de museo. “Las azafatas decían que no estaba a la venta, pero ellos insistieron. Lo querían y lo compraron. Lo pagaron en metálico. Es una historia de película”.
Desde ese momento, Carlos y José Luis volvieron a verse cada domingo. Salidas, desayunos, charlas y muchas vueltas con el Morgan. Y cuando José Luis dijo que quería venderlo… Carlos no dejó que se escapara. “¡Ni hablar! Ese coche tenía que quedarse en la familia”.
Un coche con alma, sin florituras
Carlos conoce bien el mundo del motor. Tiene modelos de prestigio, potentes, modernos, pero ninguno como el Morgan. “No tiene rival. Es un coche con carácter. Ligero, con motor Ford Capri, sin dirección asistida, sin trampa ni cartón. Lo sientes, te exige y te responde. Es como conducir una idea romántica”. Para él, no se trata de comodidad ni de prestaciones. Se trata de sensaciones. “Tuve un Ford Capri, y cuando supe que el Morgan tenía ese mismo motor… fue un flechazo doble. Es sobrado en todo, y además con esta carrocería, es pura poesía sobre ruedas”.
Conduce con gusto, con entrega. Y lo disfruta tanto como su mujer, Aurora, que se ha dejado contagiar por la fiebre Morgan. “A ella también le gusta, lo conduce y lo vive. Lo ha hecho suyo”.
Del desayuno al Club: la familia Morgan
Carlos llegó al Club Morgan España de la mano de otro personaje fascinante: Luis Estrella, pianista y organista excepcional, compañero de desayunos y aventuras automovilísticas. “Me dijo: Carlos, te va a gustar. Es gente auténtica, divertida, te lo organizan todo y tenemos mucho en común. Y no se equivocó”.
Su primera salida oficial fue en ruta organizada por Javier Gómez Barrero, también piloto, también compañero de anécdotas. Desde entonces, las rutas se han convertido en encuentros entre amigos, una mezcla de buen humor, paisajes, motores y complicidad. “Todo en el Club está muy bien organizado. Te sientes parte de algo importante desde el primer día. Y eso, a estas alturas de la vida, se valora mucho”.
El nombre lo dice todo: Morgan
Carlos tiene también un Lomax, una réplica inspirada en el Morgan, con motor Citroën, traída desde Francia. Pero él mismo lo reconoce: “Aunque se parezca, no es lo mismo. Es que hasta el nombre ‘Morgan’ tiene otra categoría. Si se llamara ‘Kuki’, no sería igual”. Y se ríe, sabiendo que no habla solo del coche, sino del estilo, de la elegancia, del legado que representa.
Feliz desde que gira la llave
Para Carlos, el Morgan no es un hobby. Es una declaración de intenciones. Una forma de conectar con su historia, de honrar a su padre, de celebrar la vida. “Desde que salgo de casa y me monto en el coche, te diré que soy un hombre feliz. Así de sencillo. No hace falta más”.
Gracias, Carlos, por abrirnos las puertas de tu historia. Por demostrarnos que conducir un Morgan no es solo una experiencia de carretera, sino un viaje vital. Y por recordarnos que, al final, lo que mueve el motor es la pasión.
Nos vemos pronto en la carretera… y ya sabes: guárdanos sitio en esos desayunos con historia.
