Organizar una salida del Club Morgan no es tarea fácil. Organizarla cuando una borrasca tras otra cruza la península en primavera, mucho menos. Pero si alguien podía transformar una situación complicada en una escapada memorable, ese era Eugenio, socio del Club, diseñador de interiores, escultor… y además, propietario del Hotel Palacio de la Serna, donde tuvo lugar esta aventura con denominación de origen manchega.
Situado en Ballesteros de Calatrava, a tan solo 17 km de Ciudad Real y muy cerca del histórico Almagro, el Palacio de la Serna es un hotel con alma. No solo por su historia —un palacio del siglo XVIII restaurado con mimo desde 1995— sino por cada uno de sus rincones: diseñados por el propio Eugenio, que ejerce de anfitrión y creador a partes iguales. Y por supuesto, con una zona de aparcamiento que parece hecha a medida para un desfile de Morgan. “Lucen mucho ahí, por proporción, por luz… y por magia”, nos cuenta.
La fecha de la salida estaba fijada desde hacía tiempo, con rutas diseñadas, paradas concertadas, comidas reservadas. Pero cuando la meteorología empezó a torcerse con insistencia, Eugenio no dudó en alzar la voz de alerta. “Avisé al presidente con unos quince días de margen: el tiempo viene muy mal, mejor aplazar”. Y así se hizo: se movió el encuentro un par de semanas… con tan mala suerte que la lluvia seguía empeñada en acompañarnos.
Fue entonces cuando el oficio y la experiencia de Eugenio hicieron posible lo imposible. Ya con los participantes alojados en el hotel, tomó el mando y propuso un cambio total de planes. Con conocimiento del terreno, del cielo y de las ganas del grupo, reestructuró la ruta sobre la marcha para evitar la lluvia. “Mañana lloverá aquí, pasado allá… mejor cambiamos esto por esto otro”, y todos respondieron al unísono: “Tú que conoces la zona, haz lo que creas. Nosotros te seguimos”.
El resultado: una salida absolutamente improvisada, pero impecable. En lugar de las rutas iniciales, los ocho coches —seis Morgan y dos vehículos de apoyo conducidos por amigos del anfitrión— recorrieron la espectacular zona de Solana del Pino, atravesando parajes de montaña aún frescos por las últimas lluvias, y disfrutaron de una jornada única en las Lagunas de Ruidera, donde el sol, inesperado y bienvenido, acompañó durante todo el día.
Incluso uno de los almuerzos previstos en ruta, que debía celebrarse en un restaurante de la zona, tuvo que ser cancelado por los cambios. Pero gracias al respeto y cariño que Eugenio se ha ganado en su entorno, los restaurantes comprendieron la situación y se entendió perfectamente, algo que es de agradecer.
La convivencia fue muy cercana, casi familiar. Las rutas, sin sobresaltos. La improvisación, elegante y funcional. No se mojó nadie, no se perdió nadie, y todos volvieron con la sonrisa de quien ha vivido algo irrepetible, aunque sobre el papel nunca se hubiera previsto así. A veces, la flexibilidad y la buena disposición obran milagros. Mira aquí las fotos de la galería y lo comprobarás…
Y en el centro de todo, el Palacio. Con su historia recuperada, su diseño lleno de personalidad y su equipo volcado. Desde allí se organizó, se desvió, se canceló, se adaptó y, finalmente, se disfrutó. Todo ello mientras el propio Eugenio compaginaba la salida con la atención al hotel y la gestión de su equipo que se entregó al grupo como siempre: con generosidad, cercanía y elegancia.
“Ahora toca descansar”, nos dice. No sabemos si será así, pero lo que sí tenemos claro es que esta ruta ha quedado en la memoria del Club como una lección de hospitalidad, temple y saber hacer. Y eso, ni la lluvia lo borra.
Gracias, Eugenio. Por todo.

