Fernando Aydillo. Conocer el alma de los Morgan.

Fernando Aydillo. Conocer el alma de los Morgan.

Fernando y su Morgan de cuatro plazas

Fernando nace en La Rioja, hace 66 años, en Santo Domingo de la Calzada. Con poco más de diez años su familia se traslada a Madrid, y Fernando crece en la capital. Años después cursa la carrera de Económicas y trabaja en el mundo de la empresa. Casi toda su trayectoria profesional la ha dedicado al sector de la alimentación y en concreto, al delicioso tubérculo de la patata.

Pero es en el año 1972 cuando un joven Fernando decide viajar a Londres, con un permiso de 6 meses y el objetivo de trabajar y mejorar el idioma. Enseguida recaba en la Estación de Euston, como asistente de un mando intermedio, un gibraltareño – John Baileys – medio andaluz y medio británico, que en aquel momento acababa de recibir un Morgan nuevo, tras cuatro años de espera. Fernando descubre así, de primera mano, la existencia de los Morgan, un vehículo peculiar que se convierte en una pasión contagiosa – “Recuerdo que pensé, alguna vez tendré un coche así, y tuve que esperar 24 años para tener mi primer Morgan, pero una vez lo sientes en tus manos, ya no te puedes desprender de esa sensación.”

La sensación a la que se refiere Fernando es la conexión entre el hombre y la máquina, una relación que tiene que ver con el disfrute del trayecto más que con la llegada al destino. Al volante de un Morgan los sentidos se agudizan, son coches muy divertidos, nacidos para carreteras sencillas, sinuosas, entre árboles, alejadas del tráfico urbano y de las autopistas. Es entonces cuando descubres otra definición del verbo conducir, cuando descubres que todo huele diferente; la naturaleza, la gasolina, el chirrido de los neumáticos pegados al asfalto… un sinfín de sensaciones irrepetibles.

La pasión por los Morgan, en plural, se convierte en Fernando en toda una dedicación; tras su primer Morgan, llegan cuatro más; uno del 70, con cuatro plazas, perteneciente a un diplomático de la embajada británica, comprado en 1996. En el año 1999 consigue un modelo del 54, un Plus 4 de 90 caballos, y es a partir de ese momento cuando la pasión se convierte en deseo de reconstruir y recuperar estas verdaderas joyas mecánicas, que por los avatares del tiempo, han ido cayendo en el olvido.

Fernando se apasiona con los Morgan más clásicos, cien por cien mecánica, una época muy romántica, que le permite trastear, reparar y reconstruir todos los modelos de Morgan que caen en sus manos. Entre ellos, alguno de los que Francisco Alcaráz, un loco español que importa 13 Morgan, y medio, en el año 1955 con la intención de revenderlos, y que Fernando encuentra años después. Tres de estos ejemplares llegan al taller de su mecánico de confianza, y Fernando inicia la búsqueda de las piezas desperdigadas por el planeta, que servirán para restaurarlos y darles una nueva vida. Así consiguen devolver el alma a los Morgan.

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Fernando siempre dispuesto a recorrer kilómetros al volante de su Morgan

Los kilómetros recorridos han dejado cientos de anécdotas en la memoria – “En una de las primeras transpirenaicas, un coche se despistó al ver el parking del hotel lleno de Morgan y se llevó por delante a una señora embarazada y a su hijo, con la fortuna que el pequeño cayó sobre una aleta de Morgan amortiguando el golpe. La señora se llevó un buen susto, y un buen golpe también, pero culminó el embarazo con total normalidad. Debió ser cosa del alma de los Morgan…”

Fernando ha sido durante cuatro años presidente del Morgan Sports Car Club de España, reconoce que el club reúne a personas muy especiales, diferentes entre sí, pero con un valor común, la pasión por el Morgan y las ganas de compartir la amistad.

Fernando lo tiene muy claro, los Morgan tienen cuerda para rato, a pesar de la llegada de los vehículos eléctricos y de las nuevas formas de movilidad, los Morgan tienen su hueco, su sitio reservado. Seguirán pegados a las carreteras secundarias y al viaje reposado, lejos de las rutas más rápidas, haciendo rugir su alma entre valles y montañas.