Comillas y Cantabria, paisajes salvajes para un pelotón de 22 Morgan

Comillas y Cantabria, paisajes salvajes para un pelotón de 22 Morgan

Todo empezó como empiezan las buenas historias Morgan: con un empujón amistoso y una pizca de presión. Pepa, Vice-Presidenta del Club, lo dijo claro en la última salida: “Javier, tienes que preparar una ruta”. Y así fue como Javier, conocedor como pocos de Cantabria, se puso manos a la obra para diseñar una escapada por su tierra natal que ha dejado huella.

Aunque su idea inicial era reunir una docena de coches, se presentaron 22 Morgan, y no fue capaz de decirle que no a nadie. Eso significó adaptar rutas, repensar restaurantes y revisar aparcamientos. Incluso el hotel tuvo que ajustarse al convoy. Pero con paciencia, conocimiento del terreno y mucho cariño, Javier nos regaló una salida para recordar.

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De la moto al Morgan: una ruta con historia

Gracias a su experiencia motociclista, Javier diseñó el recorrido casi sin pestañear. De hecho, recorrió previamente las rutas en moto, modificando sobre la marcha itinerarios afectados por obras o tramos con gravilla. Eso sí, el reto no era solo rodar: en esta zona de Cantabria “salvaje” —como él mismo la define—, la oferta gastronómica y logística no siempre se adapta a grupos grandes. Aun así, se las ingenió para encontrar lugares con alma, aunque sin lujos. Y acertó.

Uno de los puntos álgidos fue la subida hasta la estación de esquí de Brañavieja, a más de 2.000 metros de altitud, donde los Morgan posaron orgullosos ante el telón de fondo de los Picos de Europa. Otro momento memorable fue la visita a la Universidad Pontificia de Comillas, gestionada gracias a un amigo de Javier, presidente de la Fundación. Pudimos entrar con los coches, recorrer el recinto y disfrutar de una panorámica que incluía el Palacio de Sobrellano, el Capricho de Gaudí y toda la esencia de la villa.

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Gastronomía sin pretensiones… y un éxito rotundo

En la parte culinaria no faltaron anécdotas: la mítica Venta Pepín, un lugar singular atendido por tres hermanos solteros, no pudo acoger al grupo por estar cerrando sus puertas tras décadas de servicio. A última hora, Javier rescató otro rincón en Polaciones, con comida básica —morcilla, chorizo, torreznos—, de esas que no salen en las guías pero se ganan al grupo por el estómago. “Pensé que quizás era demasiado básico”, nos confesó. Pero no quedó nada en los platos.

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Una ruta con alma… y con Javier

La salida dejó muy buen sabor de boca, tanto por la ruta como por el ambiente. Javier no hizo rutómetro formal, solo unos planos de Google Maps para emergencias. Pero nadie se perdió. Todos fueron detrás de él, como si el Morgan reconociera al guía por instinto.

“No me ha costado preparar la ruta… lo difícil ha sido encajar la logística para tantos”, nos contaba. Aunque por ahora no planea repetir pronto —“quizás cuando me jubile”, dice—, nos queda claro que su amor por el club, por la zona y por hacer las cosas bien han hecho de esta salida una de las más auténticas del calendario.

Gracias, Javier, por tu tiempo y tu pasión. Y gracias a Comillas por recibirnos con su belleza intacta.