En algunas ocasiones conseguir un Morgan se convierte en una persecución que puede durar años. A veces sucede que un día llegas a casa a comer y te lo encuentras aparcado en la puerta. Así lo vivió Alberto. Abramos un paréntesis. Alberto acaba de incorporar a su garaje un Porsche 911 Carrera 3.2 de 1985 y nos lo cuenta con la satisfacción de quien suma uno de los deportivos más deseados de la historia. Pero cuando la conversación deriva hacia el coche más especial que ha conducido, la respuesta llega rápida y sin titubeos. “Yo he tenido muchos coches y te tengo que decir que ninguno tan especial como el Morgan.”
La afirmación tiene cierto peso viniendo de alguien que lleva toda la vida disfrutando de los coches. A sus cuarenta años reconoce que siempre le han gustado los motores, los viajes y cualquier excusa que implique ponerse al volante. Lo curioso es que Morgan no llegó como fruto de una búsqueda ni de una afición cultivada durante años. Apareció de repente. Aparcado en la puerta de casa.
Un secreto guardado durante dos años
Su padre, socio del Club, había encargado un Morgan y consiguió mantenerlo en secreto durante casi dos años. Cuando finalmente llegó el coche, Alberto descubrió una marca de la que apenas había oído hablar y un automóvil que parecía pertenecer a otra época –“yo no sabía de la existencia de estos coches, me quedé en shock.”
Lo que sí recuerda perfectamente es la impresión que le produjo verlo por primera vez. Era diferente a todo lo conocido. No se parecía a ningún deportivo moderno ni a ningún clásico convencional. Tenía personalidad. Esa palabra aparece de una forma u otra varias veces durante la conversación. Era un coche difícil de explicar, pero muy fácil de recordar.
Con el tiempo empezó a conducirlo. Primero de manera ocasional y después siempre que surgía la oportunidad. Viajes, escapadas, salidas del Club y muchos kilómetros compartidos con su padre terminaron convirtiendo aquel coche extraño en algo completamente familiar –“es un coche que al principio parece incómodo, pero es un coche que te engancha. Los kilómetros son largos, pero te encuentras muy bien. Es un coche que te engancha.”
No habla de velocidad ni de prestaciones. Habla de sensaciones. De ir sentado muy cerca del asfalto. De la ausencia de dirección asistida. De conducir descapotado y sentirse parte del paisaje. “Vas tan abierto que prácticamente tienes una visión de 360 grados. La sensación es maravillosa.”
Un coche que mejora el paisaje
Cuando intenta explicar qué imágenes asocia a un Morgan no menciona circuitos ni puertos de montaña legendarios. Habla de carreteras secundarias atravesando campos de cereal, de largas rectas castellanas y de curvas enlazadas en mitad del campo. De esos lugares donde uno acaba conduciendo sin mirar el reloj y donde el viaje importa bastante más que el destino. Y lo resume con una frase que muchos socios del Club entenderán perfectamente – “creo que mejora el paisaje.”
Resulta curioso observar cómo habla de sus dos coches. Del Porsche lo hace con la admiración que despierta un icono del automóvil. Del Morgan habla con un cariño mucho más difícil de describir. Como si una cosa fuera conducir y otra, bastante distinta, vivir cada kilómetro. Cuando le pregunto si algún día tendrá un Morgan propio, la respuesta vuelve a ser inmediata – “vamos, que me voy a comprar uno el día de mañana. Lo sabe todo el mundo.” La duda no está en el sí, sino en el cuándo.
Tiene además un candidato claro. El nuevo Three Wheeler le fascina. Lo ha configurado varias veces en la web de Morgan y reconoce que podría pasar horas jugando con colores y acabados – “a mí especialmente me gusta el rojo mate con el frontal en negro piano.” Pero apenas unos minutos después aparece un matiz que explica muy bien su forma de entender estos coches. Una cosa es el Morgan que le gustaría tener y otra muy distinta el Morgan con el que se imagina recorriendo Europa. Cuando habla de un futuro viaje por la Toscana, piensa en carreteras secundarias, en pueblos pequeños, en equipaje para varios días y en conducir sin prisas. Ahí vuelve a aparecer el Morgan clásico. Porque, al final, el coche le apasiona. Pero el viaje le interesa todavía más.
La gente que encontró dentro del Club
Esa misma filosofía fue la que descubrió cuando comenzó a participar de forma activa en las salidas del Club Morgan España junto a su padre. Antes de organizar Cuenca ya había compartido carretera con los socios en Galicia y conocía el ambiente que se respiraba durante los viajes. Aun así, reconoce que la acogida terminó sorprendiéndole – “creo que al final la gente me ha acogido muy bien. Es gente súper cercana, gente súper interesante.” Habla del tipo de personas que ha conocido en el Club y de cómo la experiencia poco tiene que ver con ciertos estereotipos asociados al mundo del automóvil – “el tipo de conductor de Morgan, a mi juicio, es distinto.”
No hay crítica hacia nadie. Simplemente percibe una forma diferente de entender la afición. Menos pendiente del coche como objeto y mucho más interesada por las personas, las conversaciones y todo lo que sucede alrededor de una salida. Quizá por eso hay una frase que resume perfectamente la impresión que se llevó después del fin de semana de Cuenca – “parecía que nos conocíamos desde hacía diez años y era el segundo día que nos veíamos.”
Rutas para recordar por qué te compraste un Morgan
La salida de Cuenca fue también su estreno como organizador. Una experiencia que afrontó junto a su padre, con Blanca, su pareja, convertida en una colaboradora imprescindible, y con su madre acompañando todo el proceso desde un discreto segundo plano, aunque seguramente fuera quien más nerviosa vivió los días previos, esperando que tantos meses de preparación desembocaran en el fin de semana que todos habían imaginado.
Durante meses recorrió carreteras, revisó itinerarios y buscó el equilibrio entre conducción, paisaje, gastronomía y descanso. Llegó a visitar la zona varias veces antes de la salida definitiva para asegurarse de que todo encajara. Las rutas estaban cuidadosamente estudiadas y respondían a una idea muy concreta – “yo le decía a Eduardo que eran rutas para recordar por qué te compraste un Morgan.”
El viernes ofrecía grandes paisajes, horizontes abiertos y carreteras para disfrutar sin prisas. El sábado se adentraba en la Serranía de Cuenca, enlazando curvas, puertos de montaña y algunos de los rincones más espectaculares de la provincia. Dos recorridos muy diferentes entre sí, pero diseñados con un mismo objetivo: que quien se pusiera al volante terminara la jornada con esa sonrisa que solo aparece después de un buen día de conducción.
Las rosquillas de Tribaldos
Sin embargo, cuando Alberto recuerda el fin de semana, no empieza hablando de carreteras. Empieza hablando de su abuela. Aprovechando que la ruta pasaba cerca de Tribaldos, decidió incluir una parada muy especial. Quería compartir con los participantes un lugar importante de su historia personal y sorprender a una mujer que pocas veces habría imaginado ver llegar una caravana de Morgan a la puerta de casa. Su abuela les esperaba con unas rosquillas preparadas para todos.
Los coches fueron entrando poco a poco en el pueblo mientras ella saludaba a los participantes y contemplaba aquella escena con una mezcla de orgullo y emoción. “Quise darle una parte sentimental. Creo que las salidas también tienen que tener cosas que te conecten con tu familia o con lugares que son importantes para ti.” Las rosquillas se convirtieron inmediatamente en uno de los grandes recuerdos del fin de semana – “hubieron rosquillas que no llegaron al hotel.”
Probablemente ahí se encuentre una de las claves del éxito de aquella salida. Porque Cuenca no fue solamente una sucesión de carreteras bonitas, buenos restaurantes y paisajes espectaculares. También fue una colección de recuerdos personales compartidos con amigos. Y eso difícilmente puede prepararse con un navegador o con un roadbook.
Si organizar una salida del Club es siempre un trabajo de equipo, Cuenca fue un magnífico ejemplo. Blanca, pareja de Alberto, asumió buena parte de la elaboración del dossier, la documentación del viaje y muchos de esos detalles que pasan inadvertidos cuando todo funciona bien – “Blanca ha sido el viajero más preparado de los dos, un copiloto imprescindible.”
A su lado, sus padres siguieron muy de cerca toda la preparación de la salida. Su padre aportando la experiencia y el impulso para sacar adelante el proyecto; su madre, viviendo cada paso con la ilusión y los nervios propios de quien siente el viaje casi como suyo y solo desea que todo salga perfecto. Al terminar el fin de semana, viendo la satisfacción de los participantes y las felicitaciones recibidas durante toda la salida, los cuatro pudieron disfrutar de la mejor recompensa posible: comprobar que el trabajo compartido había merecido la pena.
Cuando le pregunto si volverá a organizar otra salida, Alberto sonríe. Conoce perfectamente el tiempo y el esfuerzo que requiere un fin de semana de estas características, pero tampoco descarta repetir. La sensación es que el gusanillo ya ha hecho su trabajo.
Y quienes disfrutaron de Cuenca seguramente estarán encantados de comprobarlo cuando llegue la próxima ocasión.
Gracias Alberto!



